DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

lunes, 2 de abril de 2012

DESMALVINIZAR (publicado en Revista Noticias en 2005)


A treinta años de una guerra criminal y absurda, aquí está nuevamente "Desmalvinizar", mi artículo publicado originalmente por la revista Noticias en 2005


DESMALVINIZAR

La guerra de Malvinas fue el coletazo final de una década aciaga, la de los setenta, hoy tan irresposablemente reivindicada. En el avión que fletó la dictadura para la ceremonia de asunción del gobernador militar de Puerto Argentino estaban los dirigentes de la entera sociedad setentista argentina, desde las corporaciones patronales a la CGT, desde los trotskistas y maoístas hasta los conservadores, desde los militares genocidas hasta los que habían sobrevivido al genocidio. En ese avión que simbolizó la franca reunificación de las principales tendencias políticas y sociales nacionales, quedaron claros los valores comunes que aún gobernaban la sociedad argentina: el apego a los métodos violentos, el desprecio por las instituciones democráticas y el estado de derecho, la justificación de los sacrificios humanos en nombre de altos principios, el nacionalismo desenfrenado y genocida.

No. No estoy sosteniendo la teoría de los dos demonios. Estoy más bien diciendo que la sociedad argentina de los setenta fue su propio demonio. Casi los mismos que habían aplaudido los crímenes de las organizaciones terroristas propiciaron después su espantosa liquidación y la de miles de inocentes. Y, en una culminación orgiástica, todos ellos participaron de la irresponsable aventura belicista de la dictadura en Malvinas.

Casi sin excepción, la Argentina de los setenta estaba en aquel avión. Fueron sus dirigentes quienes concurrieron al acto, aclamaron al nuevo gobernador militar y se volvieron a casa, dejando en las islas a miles de jóvenes mal entrenados y peor equipados para que pagaran con sus vidas y su salud mental el precio del “antimperialismo” ajeno. “¡Vamos ganando!” clamaron con tono deportivo las revistas de la época, y las multitudes llenaron las plazas para aclamar a un general borracho. “¡Traigan al principito!” dijeron los altos mandos militares y la prensa les hizo unánime eco. Y una incesante caravana de exiliados y perseguidos participó de los telethon de la dictadura, cantó a las hermanitas perdidas y ayudó en la recolección de dinero, joyas, ropa de invierno y chocolatines que después se vendieron en los kioscos de Rosario. Hoy, a más de veinte años de esos hechos vergonzosos, cuando el sacrosanto estado nacional argentino es propuesto nuevamente como la encarnación del bien sobre la Tierra, no está de más mencionar sus crímenes recientes. No solo el genocidio, sino la guerra. No solo la guerra, sino el abandono de quienes participaron en ella, más destructivo para sus vidas que las balas inglesas. Recordarlo es también memoria histórica.

La República Argentina fue fundada sobre la decisión autónoma de sus habitantes, quienes en 1.810 y 1.816 proclamaron querer constituir un cuerpo político autónomo e independiente. Y bien, este principio fundacional es deconocido cada vez que se proclama que las Malvinas son argentinas. Cualesquiera hayan sido los acontecimientos históricos que han llevado al actual estado de cosas, las Malvinas están ocupadas por una población que casi unánimemente rechaza la soberanía nacional argentina. Además de admitir que la historia reciente les da excelentes razones para ello, habrá que reconocer que no se puede imponerles la integración al territorio nacional, ni siquiera a través de negociaciones internacionales o de acuerdos bilaterales, sin violar el fundamento sobre el que este país fue creado: la decisión soberana y autónoma de sus ciudadanos.

¿Que las Malvinas están en la plataforma continental argentina y formaban parte del Virreinato? Lo mismo puede decirse del Uruguay, Paraguay y Bolivia, pero no se los anexa por la simple razón de que hay allí algunos millones de personas que no lo desean. ¿Que la presencia de los kelpers en Malvinas es el producto de un acto colonialista? También lo fueron el Virreinato y las Provincias Unidas del Sur que lo reemplazaron, lo que no lleva a proclamar la ilegitimidad de la República Argentina. ¿Que los españoles y los criollos llegaron a las islas primero que los ingleses? Desde luego. Pero también los tehuelches, querandíes y diaguitas estuvieron aquí antes que los argentinos, en larga mayoría descendientes de los barcos. Una aplicación completa del principio de que la tierra pertenece a los biznietos de quienes “llegaron primero” llevaría a la división del territorio nacional, la reconstrucción de los dominios de las tribus precolombinas y el desalojo completo de la Argentina inmigratoria. Un completo disparate.

La derrota del militarismo nacionalista que Malvinas supuso tuvo efectos benéficos sobre la sociedad nacional. En primer lugar, causó la caída casi inmediata de la dictadura. En segundo, el desenmascaramiento de sus oficiales, esos heraldos de la muerte tan rápidos en masacrar inocentes desarmados como en huir del fuego enemigo, no fue ajeno al juzgamiento del crimen genocida, en uno de los pocos episodios históricos de los que la Argentina moderna puede enorgullecerse. Finalmente, el mismo desprestigio de las Fuerzas Armadas ayudó a que el servicio militar obligatorio, durante décadas el principal generador ideológico de nacionalismo, autoritarismo y militarismo en la sociedad nacional, fuera desmantelado. Estos tres elementos (caída de la dictadura, juzgamiento y condena de los genocidas, abolición del servicio militar obligatorio) han constituido una primera etapa de la desmalvinización y desmilitarización de la sociedad argentina, para nada ajena al hecho de que las recurrentes crisis del país se resuelvan hoy sin golpes de estado.

Sin embargo, a dos décadas de Malvinas, el proceso de desmalvinización-desmilitarización del país está aún inconcluso. En efecto, Malvinas desnudó también la incapacidad completa de una fuerza armada nacional de Tercer Mundo para enfrentar a un ejército avanzado. Si a esto le sumamos la absurdidad de que los países limítrofes nos invadan y la existencia de procesos de integración económica y política culminados en el lanzamiento de la Confederación Sudamericana de Naciones, la pregunta se hace obligada: ¿Para qué sirven las Fuerzas Armadas Argentinas? ¿No es una violación directa de los Derechos Humanos el que los mismos ciudadanos a los que un país niega el acceso a un trabajo digno se vean obligados a empuñar las armas para defenderlo como soldados profesionales? ¿A quién defienden los soldados y militares argentinos? ¿De qué nos defienden? ¿No podría tener fines mejores el presupuesto militar, usado hoy en sostener una estructura anacrónica?

De los perjuicios derivados de la existencia de las Fuerzas Armadas Argentinas los ciudadanos nacionales llevamos la cuenta: medio siglo de golpismo, un genocidio, la guerra contra Chile detenida in extremis, la catástrofe de Malvinas. Desconocemos en cambio sus ventajas, y muy especialmente: las ventajas de restar recursos a escuelas, hospitales y universidades para sostener una casta cuya inutilidad práctica es evidente y cuyo culto al dios caduco del estado nacional recuerda el de las vestales romanas.

Un mundo global supone reemplazar la amenaza mutua por los acuerdos de integración política y de libre comercio. No se trata hoy pues de eliminar el vicario castrense sino de suprimir paulatina y acordadamente con nuestros vecinos a las mismas Fuerzas Armadas. La Argentina que durante los noventa desmanteló su industria militar, desactivó el proyecto de misiles Cóndor II, se desnuclearizó y acordó con Brasil y Chile la prohibición de armamento químico y bacteriológico tiene en esto honorables antecedentes históricos. Y la desmilitarización de la naciente Unión Latinoamericana puede ser un ejemplo de alcances mundiales a condición de que los que se llenan la boca hablando de la Patria Grande Bolivariana dejen de invertir en el refuerzo de sus ejércitos.

Desmalvinizar es desmilitarizar. Y una América Latina unida, solidaria y desarmada es el mejor homenaje a quienes cayeron víctimas de la valentía de quienes suelen defender la Patria con el cuero ajeno.